—Si quieres —me dijo—, puedes ganarte algunos cuartos. Yo te llevaré a casa del señor Pedro Collado, criado de S. A. el Príncipe Fernando, y verás cómo te dan soldada. ¿Has reparado en esos paletos manchegos que andan por ahí? Pues todos cobran ocho, diez o doce reales diarios, con viaje pagado y vino a discreción.
—¿Y por qué es ello, Lopito? Yo creí que gritaba y chillaba porque así era su gusto. ¿De modo que todo eso de vivan nuestros Reyes y lo de muera el choricero, es porque corre la mosca?
—No: te diré. Los españoles todos aborrecen a ese hombre; mas para que dejen sus casas y tierras y sus caballerías por venir aquí a gritar, es preciso que alguien les dé el jornal que pierden en un día como este. Todos los que servimos al Infante D. Antonio Pascual y los criados del Príncipe de Asturias, hemos estado por ahí buscando gente. De Madrid hemos traído medio barrio de Maravillas, y en los pueblos de Ocaña, Titulcia, Villatobas, Corral de Almaguer, Villamejor y Romeral, creo que no han quedado más que las mujeres y los viejos, pues hasta un racimo de chiquillos trajo el Sr. Collado.
—Pero, tonto —dije yo, creyendo presentar un argumento decisivo—, ¿qué importa que toda esa gente chille a las puertas de palacio pidiendo lo que no les han de dar? ¿Pues no tiene ahí S. M. sus reales tropas para hacerse respetar y temer? Porque o somos o no somos. Si con un puñado de gente gritona traída de los pueblos y de las Vistillas de Madrid se puede obligar al Rey a que haga una cosa, no sé para qué se toma ese señor el trabajo de llevar corona en la cabeza.
—Dices bien, Gabrielillo; y si el condenado Generalísimo estuviera seguro de que la tropa le sostenía, ya podían volverse a sus casas todos esos caballeros que han venido a darle una serenata; pero tú no sabes de la misa la media. También han repartido dinero a la tropa —añadió bajando la voz—; y como el Príncipe de Asturias tiene no sé cuántas arcas llenas de onzas de oro que le ha ido dando su padre para juguetes... ya ves... S. A. hará lo que le dé la gana, porque le ayudan todos los señores de la grandeza, muchos Obispos, muchos Generales, y hasta los mismos Ministros que ahora tiene el Rey.
—Eso sí que es una grandísima picardía —exclamó con ira—. Son Ministros del Rey, son compañeros del otro, a quien sin duda deben los zapatos con que se calzan, y al mismo tiempo le hacen la mamola al niño Fernando, porque ven que el pueblo le quiere, y dicen: «Por fas o nefas, por la mano derecha o por la izquierda, no ha de tardar en sentarse en el trono.»
Con este diálogo llegamos a la taberna, y allí nos sentamos, pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón y yo tintillo de Arganda. No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir:
Grandes, invencibles héroes,
que en los ejércitos diestros
de borrachera, rapiña,