Entre estos hombres vi otros de figura extraña, y tan astrosos y con tanto andrajo cubiertos, que daba lástima verles.

—Estos —me dijo Lopito, satisfaciendo mi curiosidad— son lo mejorcito de Zocodover de Toledo, donde ejercitan su destreza en el aligeramiento de bolsillos y alivio de caminantes.

También entraron en la taberna muchos soldados de caballería, y al poco rato se había entablado conversación tan viva, que no era posible entender ni una palabra, si palabras pueden llamarse las vociferaciones y juramentos de aquella gente. Unos sostenían que la Familia Real partiría aquella misma tarde, y otros que el Rey no había pensado en tal viaje. Pronto se disiparon las dudas, porque corrió la voz de que S. M. dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al punto se fijó en todos los sitios públicos. En ella, después de llamar vasallos a los españoles, decía el buen Carlos IV que la noticia del viaje era invención de la malicia; que no había que temer nada de los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era muy dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba asimismo como empachado de prosperidad y bienaventuranza al amparo de paternales instituciones.

La mayor parte de los héroes de Zocodover y las Vistillas no parecían inclinados a dar crédito a la regia palabra, antes bien se burlaban de cuantos acudían a leerla, añadiendo:

—No se nos engañará. A mí con esas... Aspacito, Sr. D. Carlos, que ya lo arreglaremos.

Cuando fui a casa encontré a D. Celestino loco de alegría: paseaba por su habitación con la sotana suelta, y aunque no estaba presente, ni aun en sombra, el pícaro sacristán, mi amigo, profería con desaforado acento estas palabras:

—¿Lo ves, malvado Santurrias? ¿Lo ves, tunante, borracho, mal acólito, que no sabes más que juntar gotas de aceite y mocos de vela para venderlo en pelotillas? ¿Ves cómo yo tenía razón? ¿Ves cómo los Reyes no han pensado nunca en semejante viaje? Sí, que ahí están esos señores en el trono para darte gusto a ti, pérfido sacristán, escurridor de lámparas y ganzúa de cepillos. ¿No bastaba que lo dijera yo, que soy amigo de S. A. Serenísima, y tengo estudios para comprender lo que conviene al interés de la Nación? Véngase usted ahora con bromitas; amenáceme con tocar las campanas sin mi permiso. ¡Ah! agradézcame el muy tunante que no me cale ahora mismo el manteo y teja para ir en persona a contarle a S. A. qué clase de pajarraco es usted, con lo cual dicho se está que el señor Patriarca me le pondría de patitas en la calle. Pero no, señor Santurrias soy un hombre generoso y no iré; no quiero quitarle el pan a un viudo con cuatro hijos. Pero véngase usted ahora con bromitas, diciendo que mi paisano acá y allá, y que le van a arrastrar; y repita aquello de «¡Viva Fernando, Kyrie eleison! ¡Muera Godoy, Christe eleison!» con que me despierta todos los días.

A este punto llegaba, cuando advirtió que yo estaba delante, y echándome los brazos al cuello, me dijo:

—Al fin hemos salido de dudas. Todo era invención de Santurrias. ¿Qué hay por el pueblo? Estará la gente contentísima, ¿sí? Ahora, cuando salga el señor Príncipe de la Paz a paseo, supongo que le vitorearán... ¡Ay! qué susto me he llevado, hijito. De veras creí que íbamos o tener un motín. ¡Un motín! ¿Sabes tú lo que es eso? En mi vida he visto tal cosa, y sírvase Dios llevarme a su seno antes que lo vea. Un motín no es ni más ni menos que salirse todos a la calle gritando viva esto o muera lo otro, y romper alguna vidriera, y hasta si se ofrece golpear a algún desgraciado. ¡Qué horror! Gracias a Dios no tendremos ahora nada de esto, y sin duda la prudencia y tino de aquel hombre... ¿Sabes que estuve en su palacio a prevenirle de lo que pasaba, y no me recibió?...

—Lo creo. En estos días no tendrá S. A. humor para recibir, porque, como dijo el otro, no está la Magdalena para tafetanes.