—Tal vez él tenga noticias de las picardías de Santurrias y de los otros perdidos con quien se junta en la taberna del tío Malayerba —continuó el cura—. ¿Pero en dónde está ese endemoniado sacristán? No parece por aquí, porque sabe que le he de poner más colorado que un pimiento riojano.
No había acabado de decirlo, cuando entreabriéndose la puerta, dejó ver los dientes, la plegada y siempre risueña boca, la esprimida cara y arrugada frente del sacristán.
—Venga acá —exclamó D. Celestino con alborozo—; venga el sapientísimo Sr. Santurrias, presunto cardenal metropolitano; venga acá para que nos ilustre con su saber, para que nos aconseje con su prudencia. ¿Puede decirnos cuándo es el viaje? Porque yo tengo para mí que la proclama de S. M. es una tiñería; ¿y qué crédito merece el Rey de las Españas, de las Indias, de Jerusalén, de Rodas, etc., cuando habla el Excmo. Sr. D. Gregorio de las Santurrias, sacristán que fue de monjas Bernardas, y hoy de mi parroquia? A ver, ¿nos sacará de dudas su señoría?
—Mañana, mañana, mañanita, señor cura —contestó el sacristán—. Dígame su paternidad: ¿saca o no las botellicas?
Y luego, sin desconcertarse ante la ironía de su superior, sino, por el contrario, burlándose de los graves gestos con que se le interpelaba, empezó a entonar los singulares cantos de su repertorio, haciendo mil grotescos visajes y moviendo los brazos, ya en ademán de repicar, ya aparentando recorrer el teclado de un órgano, ya, en fin, con la postura propia de tocar la guitarra, sin dejar de cantar en la forma siguiente:
Domine, ne in furore tuo arguas me...
Es la Corte la mapa
de ambas Castillas,
y la flor de la Corte
las Maravillas.