Anda, moreno,

que no hay cosa en el mundo

como tu pelo.

De profundis clamavi ad te, Domine.

Domine exaudi vocem meam...

Don, dilondón, don, don.

VIII

Al día siguiente no hallé tampoco quien me llevase a Madrid; pero deseando vivamente saber de Inés y oír de sus propios labios si era verdad o mentira la bienaventuranza que le habían ofrecido los Requejos, determiné marcharme a pie, lo cual, si no era muy cómodo, era más barato. D. Celestino y yo hablábamos de esto, cuando Lopito entró a buscarme.

—Esta noche —me dijo al bajar la escalera— tendremos fiesta. No lo digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás... Aquel papelote que escribió ayer el Rey es una farsa. Bien decía yo que D. Carlitos, con su carita de pascua, nos está engañando.

—¿De modo que hay viaje?