—Tan cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, porque esto es enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse a España entre los dos; como no queremos que se vayan, el viaje se prepara ocultamente para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más tropa, y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón por la calle de la Reina.
Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi Sr. D. Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese. Así se lo manifesté a mi amigo; pero hallándose el alma de Lopito inundada de generoso entusiasmo, por el bien del reino, me hizo ver que mi indiferencia era censurable y hasta criminal. Largas horas pasamos discurriendo por el pueblo y matando el tiempo con amenas conversaciones. El se empeñó en llevarme a la taberna, y a la taberna fuimos. La concurrencia era la misma, aunque el panorama de caras había variado, viéndose entre ellas la de Santurrias, que no era la menos animada. También estaba allí muy macilento y meditabundo, con los agujereados codos sobre la mesa, el poeta calagurritano que dos años antes capitaneaba la turba de silbantes en el estreno de El sí de las niñas, y con él libaba el néctar de Esquivias en el mismo vaso otro de los dioses menores del Olimpo comellesco, el famoso Cuarta y Media, calderero y poeta. ¡Pobres hijos de Apolo!
El pinche me dijo que todos aquellos personajes habían venido de Madrid traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió:
—Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se llaman científicos.
No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba; y en cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo, sin explicarme por qué.
—Estúpidos —decía para mí—, ¿pensáis que semejante gatería es capaz de quitar y poner reyes a su antojo?
Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel puñado de revolucionarios. No hallando otro alivio a mi aburrimiento que la asistencia a la taberna en compañía de Lopito, en cuanto cerró la noche procuré tranquilizar a D. Celestino, y me fui allá. Lopito, que me aguardaba con impaciencia, me dijo al verme a su lado:
—Me alegro de que hayas venido, pues con eso no perderás lo mejor. Aquí está reunida toda la gente, y después... después veremos.
La taberna del tío Malayerba estaba llena de bote en bote, y también disfrutaba el honor de una desmesurada concurrencia un patio interior, destinado de ordinario a herradero y taller de carretería. No puedo haceros formar idea de la variedad de trajes que allí vi, pues creo que había cuantos han cortado la historia, la costumbre y el hambre con su triple tijera. Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con sombrero manchego y abarcas de cuero; otros tantos cuyas cabezas negras y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación del turbante oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, ese pie de gato, que tan bien cuadra al ladrón; muchos, con chalecos botonados de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último girón de la bandera de las Comunidades; y entre esta mezcolanza de paños pardos, sombreros negros y mantas amarillas, se destacaban multitud de capas encarnadas, cubriendo cuerpos famosos de las Vistillas, del Ave María, del Carnero, de la Paloma, del Águila, del Humilladero, de la Arganzuela, de Mira el Río, de los Cojos, del Oso, de Tribulete, de Ministriles, de los Tres Peces, y otros faubourgs (permítasenos la palabrota), donde siempre germinó al beso del sol de Castilla la flor de la granujería.
En cuanto a la variedad de las voces nada puedo decir, porque todos hablaban a un tiempo. Pero al fin de aquella reunión, como en todas las de igual naturaleza, resonó una voz para dominar a las demás. La multitud sabe a veces callar para oír, sin duda porque se marea con sus propios gritos. Algunos de los presentes dijeron: «que hable Pujitos», y al instante Pujitos, cediendo a los reiterados ruegos de sus amigos políticos (dispensadme este anacronismo), salió al patio, por no tener la taberna capacidad para tan grande auditorio, y subió a la tribuna, es decir, a un tonel.