—¿A dónde vamos, Lopito? —pregunté a mi compañero.
—A donde nos lleven —me contestó por lo bajo—. ¿A que no sabes quién es ese que nos manda?
—¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote, chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por las bocacalles, y se vuelve hacia acá para mandar que calléis?
—Sí: pues ese es el señor Conde del Montijo. Conque figúrate, chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de... cuando los santos hablan, será porque Dios les habrá dado licencia.
IX
El grupo recorrió algunas calles y uniose a otro más numeroso que encontramos al cuarto de hora de haber salido. Lopito, señalándome las tapias que se veían en el fondo del largo callejón, me dijo:
—Aquellas son las cocheras y la huerta del Príncipe de la Paz.
Pasamos de largo y vimos de lejos las dos cúpulas del palacio. Cerca del mercado se nos unieron otras muchas personas que, según Lopito, eran cocheros, palafreneros, pinches, mozos de cuadra y lacayos del Infante Don Antonio y del Príncipe de Asturias.
—Pero ¿qué vamos a hacer aquí? —pregunté a mi amigo—. ¿Vamos a impedir que los Reyes salgan del pueblo, o vamos simplemente a tomar el fresco?
—Eso lo hemos de ver pronto —me contestó—. Yo, si he de decirte la verdad, no sé lo que se ha de hacer, porque Salvador el cochero no me ha dicho más sino que vaya donde van los demás y grite lo que los demás griten. Ves, ahí frente tenemos el palacio: no hay luces en las ventanas ni se oye ruido alguno, como no sea el de las ranas que cantan en los charcos del río.