La voz del que nos mandaba dijo «¡Alto!», y no dimos un paso más.

—Es raro —dije a Lopito muy quedamente— que no hayamos encontrado centinelas que nos detengan, ni siquiera una ronda de tropa que nos pregunte a dónde vamos a estas horas.

—¡Necio! —me contestó—. ¡Si sabrá la tropa lo que se pesca! ¿Pues qué hacen ellos sino estarse quietecitos en sus cuarteles esperando a que les digan: caballeros, esto se acabó?

Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja, algunos sordos ronquidos, sofocadas toses, y a lo lejos el canto de las discutidoras ranas y el rumor de leves movimientos del aire sacudiendo las ramas de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban los espesos y negros árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de la fuente monumental que limita el llamado Parterre. El sitio y la hora eran más propios para la meditación que para la asonada.

De improviso, aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se interrumpieron por el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un tiro que no se sabe de dónde partió. La turba de que yo formaba parte lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de aquel rencor contenido. Todos corrían; yo corría también. Lucieron antorchas y linternas; se alzaron al aire nudosos garrotes; muchas escopetas se dispararon; oyose un son vivísimo de cornetas militares, y multitud de piedras, despedidas por diestras manos, fueron a despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran casa. Era la del Príncipe de la Paz.

La historia dice que el tumulto empezó porque la turba se empeñó en conocer a una dama encubierta que, acompañada de dos guardias de honor, salía en coche de casa del Generalísimo. Aseguran algunos que en una de las ventanas del palacio se vio una luz, considerada como señal para empezar la gresca.

Del tiro y toque de corneta no tengo duda, porque los oí perfectamente. En cuanto a la luz, yo no la vi; pero creo haber oído decir a Lopito que él la vio, aunque no estoy muy seguro de ello. Poco importa que apareciese o no: lo primero es, si no cierto, muy verosímil, porque el centro de la conjuración estaba en el alcázar, y los principales conspiradores eran, como todo el mundo sabe, el Príncipe de Asturias, su tío, su hermano, sus amigos y adláteres, muchos gentilhombres, altos funcionarios de la casa del Rey, y algunos Ministros.

Los alborotadores se multiplicaban a cada momento, pues nuevas oleadas de gente engrosaban la masa principal, sin que un soldado se presentase a contener al paisanaje. No tardó en caer al suelo, destrozada por repetidos golpes y hachazos, la puerta del palacio del Príncipe de la Paz, cuyo nombre pronunciaba el irritado vulgo entre horribles juramentos y amenazas.

La turba siempre es valiente en presencia de estos ídolos indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen estos en contra suya la fatalidad de verse abandonados de improviso por los amigos tibios, por los servidores asalariados, y hasta por los que todo lo deben al infeliz que cae; de modo que a las manos del odio, justo o injusto, se unen, para rematar la víctima, las manos de la ingratitud, el más canalla de todos los vicios.

Sintiendo el auxilio de la ingratitud, la turba se envalentona, se cree omnipotente e inspirada por un estro divino, y después se atribuye orgullosamente la victoria. La verdad es que todas las caídas repentinas, así como las elevaciones de la misma clase, tienen un manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo.