Diciendo esto, el valiente pinche sacó una navajilla, con la cual le vi describir heroicas curvas en el aire.
—Y si llegamos a ir a palacio —prosiguió, alzando el arma homicida—, yo, yo mesmito soy el que me presento al Rey y a la Reina para decirles que si no nos ponen al Príncipe Fernando en el trono, lo pondremos nosotros. Lo que es al Rey no le haré nada, porque es el Rey; pero a la Reina, manque se ponga de rodillas delante, no la perdono.
Dijo, y guardó el arma. A todas estas llegó una compañía de guardias para custodiar la casa después de saqueada: fácil era comprender la inteligente dirección del motín, de que había sido brutal instrumento un pueblo sencillo. Este no hubiera podido dar un paso más allá de la línea que se le marcara sin sentir encima la fuerte mano de la autoridad.
No necesito decir que cuando se montó la guardia, el predestinado Pujitos quiso formar parte de ella, aunque no era militar, y su genio organizador se entretuvo en reunir en pelotón hasta una docena de hombres, con los cuales se ocupó en patrullar por las inmediaciones de la casa, mandándoles marchar a compás y supliendo él mismo con su voz la falta de tambor.
Al fin me marché, no solo porque tenía sueño, sino porque cuanto había visto y oído me repugnaba con exceso. Llegué a la casa del cura, y no puedo haceros formar idea del estado de agitación y fiebre en que le encontré. Envuelta en un pañuelo la cabeza, puesta la sotana vieja y con un antiguo gabán de paño burdo echado sobre los hombros, sus anchos pantuflos en los pies, estaba mi buen eclesiástico recorriendo de largo a largo los corredores y pasillos de su casa. Su aspecto era semejante al de los que sufren un terrible dolor de muelas; a cada instante se llevaba las manos a las orejas, como para resguardarlas del ruido que hacían aún las campanas de la iglesia vecina; de vez en cuando golpeaba el suelo con fuerte patada, y a lo mejor daba media vuelta, cambiando de dirección en su calenturiento paseo. Entre tanto no cesaba de hablar un solo momento. ¿Con quién? Con las paredes, con la luna, con la parra, que, enredándose en los maderos del corredor, extendía sus flacos y secos brazos para coger alguna cosa. Cuando me vio, hablome sin aguardar a que llegase a su lado.
—Estoy loco, Gabrielillo. ¿Qué pasa, qué ocurre? ¿Oyes las campanas de la parroquia? Por los mártires de Alcalá juro... no, jurar no, que es pecado... prometo que Santurrias me las ha de pagar todas juntas. ¿Pero has visto cómo se burla de mí ese condenado? No es él el que toca, que si fuera... Mira, estaba yo descabezando el primer sueño, cuando me hizo saltar de la cama el ruido de las campanas. ¡Dios mío, qué algazara! Plin, plan, plin, plan... parecía que el cielo se venía abajo. Lleno de indignación subí a la torre; pero Santurrias no estaba, y en su lugar sus cuatro hijos tocaban las campanas. Tal era mi cólera, que resolví mostrar la mayor energía, y les dije: «Pillos, granujas, váyanse de aquí noramala;» pero ellos se rieron de mí y siguieron tocando... plin, plan, plin, plan... ¡Si hubieras visto a los cuatro condenados muchachos, con qué alegría, con qué frenesí tiraban de las cuerdas!... ¡Malditos sean!... Pues uno de ellos, el mayor, es listillo y muy mono... y ayuda a misa como un zarapico. Pero me dio tal enfado, que les mandé salir de la torre. ¿Tú me obedeciste? pues ellos tampoco. El más chico me dijo: Pare Gorio jue matal a Godoy, y nos puso a que tocálamos fuelte, fuelte. Desde las once hasta ahora no han cesado ni un momento. ¿Pero dime, qué ocurre en el pueblo? He visto el resplandor de una llamarada, he sentido gritos. La tía Gila fue por orden mía a ver lo que pasaba, y volvió horrorizada, diciendo que estaban quemando todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines, y el Tajo, y la cascada. Cuéntame, hijito, que estoy sin sosiego.
Contele lo que había pasado en casa del Príncipe su amigo.
—Pero a estas horas habrán salido las tropas para castigar a esa vil plebe —me dijo.
—¡Quiá! Si entre la multitud había muchos soldados... La tropa debe de estar sobornada.
—Pero a estas horas el Príncipe habrá tomado sus disposiciones para arreglarlo todo... porque él no es hombre que se anda con chiquitas, y si les sienta la mano... ¡Cuánto deploro no haber podido advertirle ayer lo que se preparaba! Ya ves, hubiéramos podido evitar ese tumulto. ¡Miserable de mí!... Yo, yo tengo la culpa de lo que está pasando. Si no fuera por este genio corto que Dios me ha dado...