—El Príncipe ha huido, y debe estar a estas horas muy lejos de Aranjuez.

—¡Que ha huido! No puede ser, no puede ser —afirmó con cierta enajenación—. Gabriel, ¿para qué mientes? ¿O eres tú también de los que creen las majaderías y simplezas de Santurrias?

A este punto llegábamos de nuestro coloquio, cuando sentimos una voz ronca y desapacible que gritaba en el portal.

—¡Ah! —dijo el cura—; me parece que siento a Santurrias. Ahora va a ser ella: no intercedas por él... estoy decidido... ahora sí que es preciso ser enérgico.

La voz se acercaba. Era efectivamente el sacristán, que cantaba así, subiendo por la escalera:

Vale una seguidilla

de las manchegas

por veinticinco pares

de las boleras.

Solvet sæclum in favilla, teste David cum Sibylla.