—Váyase usted, Sr. Santurrias —gritó el cura—. No le quiero ver a usted, no quiero oír sus necedades.

El sacristán, que hasta entonces no nos había visto, se paró ante nosotros, y lanzando una carcajada de estupidez, habló así, con lengua estropajosa:

El Kyrie eleison cantando,

¡viva el Príncipe Fernando!

Luego dio fuertes golpes en el suelo con un garrote medio quemado que en la mano traía, y acto continuo empezó a marchar militarmente por el corredor, imitando con la boca el ruido del tambor.

—¡Está borracho! —dijo el cura—. Pero, miserable, ¿no ves que el vino se te sale por los ojos?

Santurrias, apoyado en su palo para no caer al suelo, alargó su cuello, fijó en nosotros los encandilados ojos, arrugose su cara más aún que de ordinario, y chilló así:

—Señor paterniá: el Príncipe ha juío... ¡Viva el Rey! ¡Muera el Choricero! ¡Muera ese pillo lairón!... ¡O salutaris hooo...stia! Si me bian dejao, le hago porvo con este palo... Prrum, prrum... ¡marchen! Media güelta... ¡Viva el comendante Pujitos!

—¡Oh espectáculo lastimoso! —clamó D. Celestino—. Está como una cuba. Ya no le aguanto más... A la calle, a la calle mañana mismo. Se lo diré al señor Patriarca... Pero no: ahora me acuerdo de que es un viudo con cuatro hijos.

A todas estas las campanas seguían tocando con igual furia, prueba evidente de que el entusiasmo de los cuatro muchachos no había disminuido.