¡Muera Godoy!... marchen... señor cura. Ya el menistro no es menistro, polque el Rey...
—Creo que el Rey —indiqué yo para sacar de su ansiedad al buen anciano—, ha firmado ya la destitución del Príncipe de la Paz. Según allí se dijo, los ministros que estaban en palacio se lo pedían así.
—Eso... eso... juimos a palacio —continuó Santurrias, que, no pudiendo sostenerse ya, había caído al suelo—, y salió un gentilón con un papé escrito, y leyó... y decía... decía: Queriendo mandal por mi mesma mesmedá en el enjército y la marina, he venido en ex... ex... ex...
—En exonerar —dijo el cura, dirigiendo sus ojos al cielo.
Santurrias murmuró algunas palabras más entre latinas y castellanas, y calló al fin. Un fuerte ronquido anunció el aplanamiento de aquel elevado espíritu, conturbado por el vino de la conjuración.
Observé que D. Celestino enjugaba una lágrima con la punta del mismo pañuelo que tenía arrollado en la cabeza. Amanecía, y una turba de pájaros procedentes de los árboles cercanos, pasaron por sobre el patio cantando un himno de paz. Las primeras luces de la mañana iluminaron la casa, y el cura se retiró a su cuarto, diciendo:
—Dentro de un rato diré la misa y la aplicaré por la salvación de mi amigo el Príncipe de la Paz... ¡Ay, si yo le hubiera avisado con tiempo!... Pero ¿no oyes? ¡Esas condenadas campanas me tienen loco!
En efecto, los cuatro muchachos seguían tocando.
XI
Pasé todo aquel día durmiendo. Al caer de la tarde salí para observar el aspecto del pueblo, y en la taberna encontré a Lopito, que hacía con su navaja mil rúbricas en el aire, para que le viera Mariminguilla. Después, guardando el arma, me dijo: