Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a toda prisa y fue en dirección del cuartel.
—No se exponga usted —le decía yo por el camino—. Mire que son unos bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no respetarán ni sus canas ni su traje.
—¡Que me maten! —contestó—. Quiero ver al Príncipe... ¡Cuando me acuerdo de lo que me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo que aquí vemos es espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén descontentos de su gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro, aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho tiempo; se puede perdonar que sus enemigos quieran derribarle y le insulten; se comprende que dichos enemigos, en un momento de coraje, le prendan, le arrastren, le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los mismos a quienes ha favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los que de furrieles trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros; los que han vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le han adulado en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios, y menos si se considera que se han valido para esto de los mismos lacayos, cocineros y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me parece que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos en la punta de sus innobles garrotes.
Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. D. Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna: «¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro, repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.»
Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español infundían los sacerdotes.
—Hijos míos —les decía—, sed caritativos; no seáis crueles ni aun con vuestros enemigos.
La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré sano y salvo dentro del cuartel.
Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y completas, y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua bendita, se saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo, y que tendremos esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito, creyendo que la cosa iba de veras, encendió el altar, y preparó las ropas, y abrió los libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, las cuatro, las cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se impacientaban, y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando.
Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su habla trémula.
—¡Ah, Gabriel! —me dijo—. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre unas fétidas pajas, cubierto de sangre y pidiendo a voces la muerte, está el que ayer gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca a darle consuelo. Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan pronto; pero ¡ay, hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día feliz.