—Sosiéguese usted —le dije—. Usted no recordará que mandó tocar a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más remedio sino subir al púlpito.

—Hablé con él —prosiguió sin hacerme caso—. El corazón se me parte recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván, envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero, los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí. Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de conseguir, tratan de irritar más al populacho para que D. Carlos coja miedo y suelte la corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un coche de colleras, con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso iba a ser puesto en salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña a esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la turba destrozó el carruaje, y después ha corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII.

—Ya me lo explicará usted detenidamente —repuse—. Ahora prepárese usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de respetables señoras.

—¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde...

—Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a...

—¡Es verdad, qué inadvertencia! —dijo muy confundido—. Y están allí esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico?

—Es preciso que usted haga un esfuerzo.

—Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo todo!... El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce años de haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor es que sin merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar... estoy tonto... Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a sermón... ¡Oh! tendré que hacer un esfuerzo.

D. Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar a sus feligresas, entró en la parroquia y oró un poco, recogiendo su espíritu. Después subió al púlpito y predicó un sermón sobre la ingratitud.

Todas las viejas lloraron.