—No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.

—No he visto jormiguita como el Sr. de Lobo.

—¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! —continuó el curial—. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta. Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor San José, y después que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a dar una vuelta por las calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando la casa de Godoy, la de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto, que no se ve una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, volvimos allá: ellas se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y yo me he venido aquí a charlar un poquito. Pero me había olvidado... Inesita, ¿cómo va? ¿Y usted, Sr. D. Juan de Dios?

Inés contestó brevemente al saludo.

—Está un poco holgazana —dijo Restituta, mirando con desdén a la huérfana—. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un asco.

—Pues me parece bastante.

—¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según me contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.

—Pues es preciso trabajar —dijo Requejo—, porque, chiquilla, el garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo por la noche, fardo a todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote.

—Ella es habilidosa —afirmó Restituta—, y sabe coser: solo que le falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el lucero de Santiagomillas.

—Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero —declaró benévolamente Lobo—. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede menos de quererla.