—Ya le dije cuando entró aquí —continuó Restituta— que los tiempos están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted, Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez, donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!

—Pues es preciso que trabaje —dijo D. Mauro—. Mi sobrina es una muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que, al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa.

—Ya le he dicho —prosiguió Restituta— que mañana tiene que lavar toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la costura; y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo unas gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos averiados. Lo bueno que tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas contestaciones. Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que nos debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia. ¡Ah, no puede usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de Aranjuez!...

—Le conozco, sí —dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes verdes—. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España.

—¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de malo.

—Pero ya le daremos cordelejo —continuó Lobo—. Como la parroquia de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D. Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación.

Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi indignación. Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía a decir una palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular, las facciones heladas y quietas del mancebo indicaban aquella noche que lo que oía no le era indiferente.

—Y ya veremos —contestó Lobo frotándose las manos—. ¿Pero qué hace ahí tan callado el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va usted a tener! Y lo que es por palabra de más o por palabra de menos no armarán ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la boda? Animarse, señores, y anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis entrañas, porque... la niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la Vicaría. Restituta con mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita Inés, que, si no me engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San Antonio para que esto se realice.

Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los brazos en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como si quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego ambas manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así:

—Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien contestarme.