—¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere usted que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos al matrimonio, diciendo que les da vergüenza.
—Ya te dije, hermano —indicó Doña Restituta—, que aunque ese es el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos; pero haces mal en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse a perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los días.
—¿Y por qué no he de decírselo desde luego? —contestó Requejo riendo, es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo—. Mi sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!...
—Dale... dale... —dijo Restituta—. ¿A qué viene hablar de esas cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada: no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos, princesa?
—Nada, nada... yo la quiero y la estimo —afirmó Requejo—. ¿Por qué la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más, señora hermana; y es que aunque a mí no me gusta la holgazanería, porque, ya ven ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que aunque no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí a que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no trabaje.
D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la barba.
Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.
—¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? —dijo D. Mauro frunciendo el ceño—. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo!
—¡Conmigo! —exclamó la huérfana sin poder disimular su horror.
—Contigo, sí.