—Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se contesta de ese modo.

—¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? —indicó Requejo.

—Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme —dijo enérgicamente Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra.

—¿Que no? —preguntó Restituta con un chillido de rabia—. Pues, indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que te hemos sacado de la miseria!...

—A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo —dijo la huérfana llorando—. Pero mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero la muerte.

¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo lloraba.

Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa, se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas almas. Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo palabrotas soeces.

—¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la sarna, venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo limosna... y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o de qué endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita Panza en trote. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos en la mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí no se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer lo que yo mando, y nada más.

Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha, y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella en actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los ojos, y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba en pie junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de punta afilada. El lector comprenderá aquella situación terrible, y no es posible que vitupere mi conducta, si es que tales hechos, hijos de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién al ver una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de un segundo, alargué la mano hasta tocar la empuñadura del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado ante la debilidad de la víctima, se contuvo y no se atrevió a tocarla. En un movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez, Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o el presidio.

Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si atribuir a la indignación o a la vergüenza.