Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo:
—No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.
Esta fue la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para irse a su casa, y Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy quedamente de mi escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo la respiración para que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta del dormitorio, sentí la voz de Doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi hermano es una persona muy amable; solo que de pronto... ¡Si él te quiere mucho, niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me sorprendió; mas al punto comprendí que debía ser puro artificio.
También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a la escalera, y echándome en tierra apliqué el oído.
—Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... —decía el leguleyo—. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre, que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella... Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las mejores yeguadas de Córdoba, los mejores prados del Jarama, y más de treinta mil fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin herederos directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco estaba haciendo pucheros aquí mismo.
—Pero ya usted la ha visto —dijo D. Mauro, midiendo con grandes zancadas el piso de la trastienda—. La muchacha es un puerco-espín. Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me escupe la cara.
—Amigo D. Mauro —repuso el licenciado—, el sistema que ustedes siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi señor D. Mauro como si fuera el Demonio.
—Pues me parece —dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa cerviz—, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted? Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo suyo... y nada más. Inesita no trabajará, porque si se me muere...
—Además —dijo Lobo—, procure usted ser amable con ella. Cuide algo más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el templo del Amor sino por la puerta del buen parecer.
—Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he de poner el traje bonito más que el día de San Corpus Christi. Nada, nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios gracias, no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer bien, y cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita como ella se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la parroquia.