—Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer pelafustán que pase por la calle.
Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa; pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma en su vigilante espíritu, y saliendo al encuentro de su hermano que subía, le dijo:
—Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados. ¿Estaremos seguros?
Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había ladrones, se acostaron.
Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa segunda vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano, donde estuvo más de una hora.
XVII
Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; pero lo hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una gansada, y cada movimiento una coz.
—Restituta —decía—, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo, hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y estar en la tienda con él... y no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero carne de vaca para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es el collar que tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda nadie más que yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a tocar... y la voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi vestido nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo, ¿no verdá, prenda?
Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose su hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes. Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la trastienda honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque Doña Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de ninguno.
—Hermana —le decía D. Mauro—, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada, no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo.