—Buenas cosas le estás enseñando a la niña —declaró Doña Restituta, dirigiendo oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan de traer a la tienda.

En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como su tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos que padeció la huérfana durante su encierro.

—Esta tarde —continuó el tío— voy a traer dos ciegos para que toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando... y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros, porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas orejitas.

—Sí: para ella estaban —dijo con avinagrado gesto Restituta—. ¡Dos pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio! Hermano, tengamos la fiesta en paz.

—Aquí no manda nadie más que yo —manifestó Requejo, haciendo retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa.

Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de sainete comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante, quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó y puso repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie mandaba más que él.

Al lector habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días que llevaba yo de permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una vez tan solo hablar con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y tan previsora, que siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda, como no fuera en la hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada, guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba, quitándome toda esperanza de salvar a la pobre huérfana, hasta que un día, resuelto a comunicarme con ella, aceché la ocasión en que Doña Restituta estaba desplumando a unos infelices en el despacho de los préstamos, y acercándome a la puerta del encierro, la llamé muy quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me preguntó:

—Gabriel, ¿eres tú?

—Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan.

—¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú?