—Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo —afirmó Doña Ambrosia—. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a S. M. cuando pase.

—Nada, lo dicho —apuntó D. Mauro—: si esta no quiere ir, que se quede en la tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me rompió ayer cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el coleto... Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos de agua de clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es para ti.

Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo, por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer la historia de la enfermedad que padeció el esposo de Doña Ambrosia, trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos personajes siempre mudos en aquellas tertulias, además de un servidor de ustedes, eran Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre de pocas palabras, como he dicho.

Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí, salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una toalla el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y después se puso el mismo clásico traje con que por primera vez se presentó a mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, no pudo conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las medias encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso tío compró para adornar dignamente a la que consideraba como futura esposa. Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al fin, para decidirla a salir, la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luego que los tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el cuidado de la casa, y Don Mauro me dijo gravemente:

—Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya.

Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en años posteriores sino en la exageración del delirio.

De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio de sus dueños, en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se engalanaban con lo que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado a mano, siendo considerable la cantidad de piezas de muselineta que un pueblo loco lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del sol su cara los millares de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto sorprendente; y cuando la vista recorría panorama tan encantador, causábale cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se movían dando aire a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan inmenso número reproducido, presentando alternativamente al sol una de sus caras, ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de plata y oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por levantar el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de junio, privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en febrero y helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación.

El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo Rey, y felicitándose unas a otras aturdían a los demás con el cotorreo de sus bocas sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la calle de Toledo.

La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse quieta, se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase a veces aquella gran masa; pero el surco abierto era invadido por la corriente: de pronto crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso tan peligroso, que había riesgo de ser hollado por las mil patas de la bestia. El zumbido con que aquel enjambre manifestaba sus impresiones, trastornaba el cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría, diálogos entusiastas seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor a consecuencia de los callos aplastados, o de indignación por cada sombrero que perdía su hechura, se unían a las donosidades de las majas, que arrojaban cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a los lamentos de los mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose entre la multitud, aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna leprosa o una mano deforme.

Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las oscilaciones del gentío nos llevó hacia la acera que hoy une las calles de Espoz y Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia la Inclusa, que estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca, nos encaminó hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro y yo para no ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos Inés y yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro de no separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que soltarla: tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados los olivares de Jaén y las yeguadas de Córdoba.