Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas.

—¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! —decía una estantigua—. Dios y mi patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la tierra sin ver este día.

—¡Ay, mi señora Doña María Facunda! —contestaba otra—. Desde que entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante. ¿Pero usted no llora?

—¿Pues no me ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, que nos ha permitido ver este día. Al menos se morirá una con la alegría de que España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado. ¡Pues pocos rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia rogando día y noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad.

—¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda? Si es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo delante.

—No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde que reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún hombre.

—¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!

En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle de Alcalá, y muchos gritaban:

—¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya viene por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!

Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos.