—¡Que en todas partes has de meter camorra, condenada mujer! —decía Chinitas—. Vete callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz.
—No me da gana de callar —contestó la Primorosa, cruzándose en la cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros—. ¿Pues qué, estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante...
Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil perdones a la emperatriz del Rastro.
—¡Eh, tío catacaldos! —continuó la Primorosa, tirando por los faldones al currutaco—. ¡Quítese de ahí, que me estorba!
—Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo.
—¡Sopa sin sal, endino! —exclamó la manola, mostrando sus dedos cuajados de anillos con piedras falsas—. ¡Pos pa qué quiero estas cinco manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno! ¡Eh... señor marqués del Barrilete! —añadió dirigiéndose a D. Mauro—, que me está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín.
—Mujer —insistió Chinitas—, que donde quiera que vamos me has de avergonzar...
El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los perfumes de su ropa:
—No se puede estar donde hay gente ordinaria.
—¿Qué es eso de gente ordinaria? —clamó la Primorosa, atropellando a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven—. Ya... a mí con esas. Pero si es el señor D. Narciso Pluma. Eh, Nicolasa, Bastiana, Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche le emprestamos dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu casa... Señor marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia con las señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé dar pa el pelo, y vivan los farolones de Madrid.