A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el Príncipe estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e izquierda.

—Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a un laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá: viene a caballo por la Aduana.

A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de un majo decente que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre la ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el centro de la carrera.

—¡Cómo! —dijo la maja con centellante ira—. ¿Que no se pasa? ¿Y quién lo ice?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.

—No se pasa —dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud en fondo, en filas, en compañías, en batallones y en brigadas—. Póngase ca una en su puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en fila. Primorosa, las mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el chillío.

—Pujitos de mi corazón —dijo la Primorosa con terrible ironía, clavando ambas manos en su cintura—. Si te requiero; si he venido por verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma.

Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.

La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva irrupción de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había tanta. Un destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza, apareció por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en entrar en una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg, petulante y vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de tal modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar desde aquella hora la general antipatía de que los franceses fueron objeto. La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. Mauro bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.

Entonces la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con irresistible empuje. Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las mangas del vestido de Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela se quedó en sus manos, e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi entre una aglomeración de cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de Doña Restituta, que huían llevados como despojos de naufragio sobre la espuma de aquel alborotado mar. Estábamos solos.

Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después, estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera querido hacer uno solo.