XIX

—Estamos solos, Inés —le dije—. Ahora podremos hablarnos y vernos.

En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas, los mueras, las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un insignificante insecto.

—Gracias a Dios que nos han dejado solos —dijo Inés, estrechándose más contra mí.

—¡Inés de mi corazón! —exclamé yo—. ¡Cuánto deseaba hablarte! ¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte. Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y poderosa; tendrás todo lo que es tuyo.

—Yo no tengo nada —me contestó.

—Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé, y que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo.

—¿Qué estás diciendo, loquillo?

—Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que son muy ricos.

—¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres?