—Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa; pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te corresponde, no me has de querer.

—No entiendo una palabra de lo que dices.

—Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te llevaré a donde debes estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás que sea tu criado y que viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo en la de tus condenados tíos?

—De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo no tengo esas ideas.

—No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de cumplir, júrame que me querrás siempre.

—Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates —dijo ella, mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza contra mi pecho.

—No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único amigo, tu salvación y tu amparo?

—Siempre, siempre.

Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie.

Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos una mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose entre las piernas de los circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta, quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una de las extremidades de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo, colocado como a dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre piernas de hombre y faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá una coz. Sucedió que encontrándose los dos hermanos tan separados de nosotros, perdían el tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba anhelando divisar por algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su corpulencia, alcanzó a distinguir mi gorro.