Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo; diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés, temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más seguros.

—¡Pobrecita mía! —dijo D. Mauro—. Creímos que te nos perdías. Si no es por ti, Gabriel, se nos pierde.

A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de arriba abajo.

—¿Ves? —decía Restituta a su hermano al regresar a la casa—. ¿Ves lo que sacamos de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante... ¡lástima de guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la casaca? Ya tengo costura para tres días... ¡Sí, que está barata la seda!... Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo? ¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota!

XX

Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada de nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la uniformidad de la casa de los Requejos.

Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste, y sin duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de hacerse amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la conciencia de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso interés, que era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente afable y hasta cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de educación, de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba interesar.

Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos aumentaban de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré por todos los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos hermanos, fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. Yo aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules: aspiraba a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde jamás entrara persona alguna.

Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en su último delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos y cuartos, me ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos ingredientes en un gran cucurucho. Como esta operación la hacía yo de modo que Doña Restituta me observase, preguntome un día cuál era mi objeto, y le contesté:

—Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia alimenticia?