—¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia alimenticia?
—Ya lo creo; y me asombra que usted no sepa que hay en Madrid un jardinero francés que compra todo esto para criar unas endemoniadas yerbas farmacéuticas que han inventado ahora.
—¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada.
—Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le daban sus cuatro cuartos como cuatro soles.
Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi fingida venta, me decía:
—Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como tú.
También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados, diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi salario, dije a Doña Restituta:
—Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si algún día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y primero me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un maravedí.
—¡Ay, Gabriel! —me contestó, rebosando satisfacción—, no he visto nunca un chico como tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta casa, donde reinan el orden y la economía. Eres un rapaz de provecho: si sigues trabajando, a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta duros; y si siempre persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de tu vida... (pongamos que vives sesenta años más...) con un capital de trescientos sesenta duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con tu dinero.
Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay! cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el impasible, el mecánico, el glacial mancebo.