Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de meter el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al poco tiempo de conocer yo a Juan de Dios, ocurrió algún percance en el misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado.

Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado con asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios. Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo o contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería poplín, cotepalis, organdís, madapolanes o muselinetas, y en vez de traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza; iba a la trastienda, y salía después a preguntar de nuevo, porque se le había olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco, lo cual parecía imposible al que en sus buenos tiempos le hubiese conocido, y su mirada, siempre mortecina y tristona, como la llama de un candil que se apaga, indicaba últimamente una resignación, un dolor que no son susceptibles de descripción ni pintura.

Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia de la casa. Inés, encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al través del muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla de allí, discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por si era posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la tienda, y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a Juan de Dios:

—¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es alguna fiera?

Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le agolpaba en la frente, y me habló así:

—Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena y tan humilde?... Ya estará libre... —dijo el hortera, como hablando consigo mismo.

Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví hacerle hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la huérfana.

—Verdad es —dije— que como está tan mal criada...

—¡Mal criada! —exclamó el dependiente con viveza—. Tú sí que eres un mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa, me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión...

—Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido, y D. Mauro quiere que sea su mujer.