Al oírlo, Juan de Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo.
—¡Casarse con ella! —exclamó—. No, no; eso no puede ser.
—Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de obligarla?
—Es verdad. No, no la obligarán.
Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por la prisionera.
—Pues si ella no quiere —afirmé—, será una obra de caridad sacarla de aquí.
—¿Tú crees lo mismo? —me preguntó con ansiedad.
—Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito.
—Gabriel —me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre mi brazo—, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría un proyectillo.
No había más remedio que fingir gran indignación contra los Requejos, y así lo hice, diciendo: