—¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, sobre todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si mi amo se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor día...
—Nuestros patronos son muy crueles —dijo él con la gravedad de quien revela importante secreto.
—¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de vender a Cristo por dos maravedís.
El semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de vacilar un momento entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el corazón con ambas manos, y me dijo:
—Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco.
—¿De quién? ¿Por quién?
—No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel, ¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y no te has vuelto loco?
Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras.
—Inés es una gran personita —respondí—. Hace usted bien en quererla, y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con Doña Restituta?
—¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido hembra más repugnante que esa?