—No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de Inés, que es lo que a usted le interesa.
—Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo había dicho muchas veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no sé lo que es...» Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer que vivía en mi casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en Francia, de padres españoles; me crié en un convento, y cuando salí de él a los veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres todas eran el Demonio, pues así me lo decían los frailes del convento de Guetaria. Así es que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre he sido melancólico y... no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón, que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... te contaré punto por punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como las mujeres que yo he visto siempre; quedeme asombrado contemplándola, y hasta se me figuró que la había visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué sé yo! sin duda dentro de mí mismo. Todo aquel día pensé en ella, y al día siguiente, que era domingo, me fui, después de oír misa, a mi paseo de los Melancólicos. Allí di mil vueltas, figurándome que hablaba con ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de seguro no cabrían en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había mirado nunca, hasta que una noche... estábamos comiendo; yo fui a coger un plato, y como me temblaba la mano, le dejé caer al suelo y se rompió. Restituta se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades. Entonces Inés alzó los ojos y me miró.
Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su dama.
—Pues ánimo —le dije—: la madamita es linda y buena. Sáquela usted de aquí.
—¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? —exclamó con decisión—. Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me corresponderá?
—Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves?
—Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera, he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?»
—Pues de esa manera no consigue usted nada —le contesté—. ¡Ah! Vea usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi invención?
—Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las dejan menos esa.
—Entonces todo está perdido.