—No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo de cera, enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a servirme, mira lo que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado esta mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está sobre la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la ama», pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan, le llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así?
—Todo lo que usted me mande.
—¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay! yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy, consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de cierto que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz que... no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme: yo me la llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, solitos los dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando por qué camino se va a una de esas islas desiertas que, según dicen, hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo, si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso me creo capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer cuantas dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la tierra y beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel, ¿llevarás a Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando le hable una vez, se me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que ella me amará?
La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una determinación impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante el más difícil propósito. El secreto confiado causome tanto asombro como miedo, porque si bien el amor del mancebo podía ser un gran auxilio para la evasión de Inés, también podía ser obstáculo.
Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi desgraciada amiga.
—Inés —le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz—, toma esas flores que he comprado para ti.
—Gracias —me contestó.
—Niñita mía —continué—, mételas en tu seno, para que la bruja de tu tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?.
—En eso estoy —repuso la dulce voz dentro del cuarto—. Vaya, ya están.
—Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has de querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de... quiero decir... a nadie.