—¿Qué estás ahí hablando?

—Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora, rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás? ¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás.

La prisionera reía en su cárcel.

—Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.

XXI

Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de cinta en toda la semana.

—Porque —decía— la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la mañana nos quedemos todos en camisa.

—Pues aquí nada se ha hecho tampoco —dijo Requejo—; y si ahora no trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que pedir limosna.

—¿Y usted va a dar de comer a esa gente? —preguntó con inquietud Doña Ambrosia—. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten todos?

—¿Pero no era usted —preguntó Lobo— tan amiga del francés, y decía que si Murat la miró o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha habido algo con ese caballero?