—¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo.
—¡Bah! —dijo Lobo—. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a que le reconozca Napoleón?
—No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas me le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es quitarle la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos que el Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a perder. Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y ahora si se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos daríamos con un canto en los pechos.
—No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo —dijo Requejo—. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de pobre.
—Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni zamacucos, ni tragones, ni nada de toda esa canalla, que no viene aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre están ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay. Si es lo que yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta intención o la otra. Lo que tiene es hambre, mucha hambre.
—Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo —afirmó el licenciado—, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido, vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal.
—¡Qué majadería! —exclamó la señora de los Linos—. Aquí nos están haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos. Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados, y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas; díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo, y es persona que ha de hacer lo que dice.
—Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra los franceses —dijo Requejo.
—Si hay levantamiento —afirmó Restituta— y mueren unos cuantos cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas menos, y la contrata no disminuirá por eso.
—Has pensado como una doctora —observó D. Mauro—. ¿Pero y si se van?