—Se irán cuando nos hayan molido bastante —añadió Doña Ambrosia—. ¡Pues no tienen poca facha esos señores! Van por las calles dando unos taconazos y metiendo con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás ferretería, más ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!... Parece que se quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya les verá usted correr el día en que el español diga: «por ahí me pica, y me quiero rascar.»
—Eso es música —dijo Lobo—. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que asusta.
—Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano —continuó Doña Ambrosia—. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un cochero simón no se le pondría, lo cual prueba que este Emperador es un grandísimo gorrino, con perdón sea dicho.
—Veinte mil franceses tenemos aquí —dijo D. Mauro con expresión meditabunda—. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho pimentón, mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil bocas! Y dicen que traen hambre atrasada.
—Por supuesto, hermano —dijo Restituta—, el dinerito por adelantado.
D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas.
—Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario para el gasto de la casa? —preguntó la digna hermana—. Porque están unos tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada...
—Vaya, vaya —dijo Doña Ambrosia—. Poco mal y bien quejado. Más dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito, Restituta, ¿cuándo se casa usted?
—¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.
—No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide?