—Ya está decidida —afirmó vivamente Restituta—. La pícara harto disimula su satisfacción. Este la tiene muy mimosa.
—Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós.
Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido a acostarse las dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y el mancebo haciendo las cuentas de la contrata.
Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí como procedentes de la exprimida laringe de Restituta.
—Sin duda hay ladrones en la casa —dije levantándome.
Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con una tranca, diciendo:
—¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy hombre que se deja quitar el fruto de su honradez!
—No son ladrones —dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la ira—; no son ladrones, sino otra cosa peor.
—¿Pues qué son, con mil pares de diablos?
—Es que... —continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que también había acudido con un palo—. Inesilla... bien decía yo que esa muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una trapisondista, una perdida de las calles.