—A ver... ¿qué ha hecho?
—Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en sueños. ¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré siempre; juro que te querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea rica, cuando sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin ti.» Estuvo callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de quererte? Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós: siento la voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas de las manos a su boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece, hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre ella; despertose despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho este ramo de violetas.
Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego, tomando el ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue pisoteado alterno pede por ambos furiosos hermanos.
—¡Conque dice que soy un buitre! —exclamó él echando chispas—. ¡Un buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese ramo, ¿quién le ha dado ese ramo?
—Pero Mauro...
—Pero Restituta...
Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo sus luminosas ideas en rápida meditación dijo:
—Tiene amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? Esto es para volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.
Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso a mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa, imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto, hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que apartara de mí toda sospecha.
—Señor —dije a mi amo—, estaba esperando a que su merced acabara de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía, arrojó una cosa...