—¡Eso, eso fue... el ramo! —exclamó Requejo.
—Anoche mismo —continué— pensaba decírselo a su merced; pero como estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios haciendo números...
—¿Y ella se asomó al balcón? —preguntó Restituta.
—Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando salen de casa, la niña no se reiría de nosotros.
—¡Esto no se puede aguantar! —exclamó fieramente D. Mauro—. Vaya, acuéstense todos, que mañana le leeré yo la cartilla a la señorita.
Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo hablando con su hermana.
—Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado, será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí, señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no, de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas, será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal con el cuchillo de abrir las latas de pomada.
Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa, le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.
XXII
Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció dispuesto a llevar adelante su bestial propósito: el de precipitar el martirio de Inés, casándola consigo mismo, como él decía en su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura, recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las facultades todas de Doña Restituta. Antes de partir a la Junta donde D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni para comer; que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la calle de la Sal se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos clavos; que se colocara un centinela de vista dentro de la misma pieza, cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a Restituta.