Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla, porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar a la muchacha consigo mismos. Por último, llegaron las vejaciones ejercidas contra Inés hasta el extremo de notificarle enérgicamente que no vería la luz del sol sino para ir a casa del señor Vicario a tomar los dichos. La situación de Inés era, por lo tanto, insostenible, y tan crítica, que me decidí a intentar resueltamente, y sin esperar más tiempo, su anhelada libertad. Para hacer algo de provecho, era indispensable utilizar un día en que ambas fieras, macho y hembra, salieran a la calle a cualquier negocio, pues pensar en la fuga mientras nuestros carceleros estuviesen en la casa, era pensar en lo excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, salía con frecuencia; pero Restituta, imperturbable como esfinge faraónica, no se movía de la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para vencer tan formidable dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el siguiente medio:
Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a todas las almonedas que se anunciaban en el Diario, y hacíalo con la benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas, adornos de sala y otros objetos que, adquiridos por poco precio, vendía después en dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran de su exclusiva pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de Abril tuvo noticia de un ajuar completo de ricos muebles, puestos en almoneda en una casa de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto y examinado, y aunque le parecieron de perlas, no los tomó, porque la dueña, que era viuda de un Consejero de Indias, no se resignaba a entregar su única fortuna casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora Doña Restituta por unas cuantas horas.
Era un domingo, día 1.º de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome a mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar a Doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de la calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor de ofrecer.
Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada imaginación ilusionose con las pingües ganancias que a realizar iba. Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después de cerrar el balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que conducía a la escalerilla principal; encargó a Juan de Dios el mayor cuidado, y salió.
Cuando la vi partir, respiré con indecible desahogo. Pareciome que huía para siempre, llevada en alas de demonios vengadores.
Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera:
—Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento.
La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese mi intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la facilidad que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya tiene ante los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el primer momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque Juan de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no era aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada que hacía falta.
Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial de Administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento; acompañábale otro que me parecía teniente de la Guardia Imperial, el cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto español, y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había nacido y criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto y rubio, de modales corteses y simpática figura.
—¿No recuerda usted la familia Sajous, en Bayona? —dijo al mancebo.