—¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo?

—No... verá usted... Ella lo habrá adivinado, sin duda. Cuando le di el ramo, díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó.

—¡Lo besó! —exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas asomaron a sus ojos—. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos labios. ¡Ah! Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá?

—No lo creo, sino que lo afirmo —respondí enérgicamente—. Pero venga la carta. ¡Pues no se va a poner poco contenta!... Ahora caigo en que me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre y le suelte la carta en propia mano, porque no está bien visto que una cosa de tanta importancia se arroje así... pues.

—No, la llave no te la daré —contestó— porque no necesitas entrar. Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la lectura. ¿Conque dices que lo recibió bien?

—Pero la llave, la llave... ¿No me da usted la llave?

—No, la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien la saque pronto. ¡Ay! si me atreviera a ir yo mismo; si a hablarla me atreviera... Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será mi mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas... ¿Sabes tú por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos cuentan?... Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. Yo he guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que todo lo tengo en poder de los Requejos... pero ya, ya tomaré yo lo que me pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi plan. ¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo? Pues de esto depende todo. Cuando él lea esta carta... Pero esto es un secreto... punto en boca.

—¿De modo que no me da usted la llave?

—No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables, cuando yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su cuarto te ha de mirar, siento unos celos... ¡Ay! yo me muero, Gabriel; yo no duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría día y noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia: pensar en ella, representármela en la imaginación, y entablar con ella unos diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso a mis anchas, la pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis brazos cuando está cansada, la arrullo, la canto para que se duerma, y la visto por la mañana cuando despierta.

—Así es usted feliz; pero si me diera usted la llave, yo le contaría todo eso.