—No: yo se lo diré mañana, esta noche quizás —dijo Juan de Dios con exaltación—. Pues qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un día más los martirios que padece? Gabriel, a ti te puedo confiar mis planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes por dónde se va a alguna isla desierta?... Anda, lleva la carta: se la arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. ¡Qué dirá cuando vea que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a sacrificar vida, hacienda y honor!... Así se lo he dicho esta mañana al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa y ruego por ella a Dios y a los santos. Esta mañana, cuando el cura alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a Ti, dámela. Nunca te he pedido nada. Con ella seré bueno; sin ella seré... lo que el demonio quiera.» Anda, Gabriel, llévale de una vez la esquelita.

A este punto llegábamos, cuando entró Don Mauro con dos amigos. Diole Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto misterio, y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de coraje, que a todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante hizo salir a Juan de Dios con una comisión apremiante, y yo me retiré. Aunque el maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además ignorante de la ausencia de su hermana.

Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para que estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño barrote de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los empeños, y comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me obligaba a emplear poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta voz para ahogar todo rumor, y al fin, ayudado por Inés, que empujaba desde dentro, logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen cuidado de sostener para que no viniese al suelo.

—¡Estás libre, Inés; vámonos! ¡Huyamos sin tardanza! —exclamé con locura—. Si nos detenemos un instante, estamos perdidos.

Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior. Abrila yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos superiores y se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba con sorpresa; observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar reconociendo al licenciado Lobo, el cual, extendiendo sus brazos como para detenernos, preguntó:

—¿A dónde van ustedes?

—¿Y a usted qué le importa? —dije con rabia, viendo delante de mí obstáculo tan terrible.

Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la astucia que la fuerza, añadí:

—Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa de una amiga...

—Tú eres un pícaro redomado —me contestó—. ¿A dónde vas con esa muchacha? Tunantes, ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo. Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa.