Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido el corazón al leguleyo trapisondista.
—¡Ah! pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres —continuó—. Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas... No te había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya tenía ganas de cogerte entre mis uñas.
Y efectivamente, me tenía tan cogido que no sé cómo no me desolló el brazo.
Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos hacia dentro, nos dijo:
—¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos!
Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando:
—¡Que se me escapa ese tuno... ladrones... acudan acá!
Subió precipitadamente D. Mauro; reuniose en el portal alguna gente, y acertando a llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos Requejos como Cristo entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era sostenida por el escribano.
XXIII
—¡Pero si apenas puedo creerlo! —exclamaba mi ama—. ¿Conque la señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba con su carita de Pascua. Ven acá —añadió dándome golpes—. ¿A dónde ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos vivo. Pero di, ¿robabas a Inés?