—¡Sí, vieja bruja! —respondí con furia—. ¡Me iba con ella!
—Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle —dijo D. Mauro, clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa.
Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más carne.
—Y sin duda fuiste tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme de la casa, pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de almoneda. Este chico merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca.
—¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! —dijo Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho.
—Si tenemos metido el infierno dentro de la casa —añadió Restituta—. La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.
El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que ampara hasta a los criminales, dijo:
—Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora, ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está caído y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la nación se vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les quitamos ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en el destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo en estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los principales servidores de la real persona!
—Pero ¿a qué viene tanta palabrería —dijo impaciente Requejo—, ni qué tiene eso que ver?...
—Tiene que ver... —prosiguió el hombre de la Justicia— porque ¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?