Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto.
—Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación —prosiguió el leguleyo—. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la secretaría de Estado un volante mandando que se diese a este joven una plaza en las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué tal, señores? ¿Y por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece que sabe latín, y compuso un poema en versos latinos; y algunos de esos alcahuetones que lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe, diciéndole que mi niño era un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más mentiras! Ya se ve: cuando en la secretaría de Estado recibieron el volante, se escandalizaron, porque ya había caído el Príncipe de la Paz, y aquellos eminentes repúblicos, después de poner en la calle a Moratín, esperaron a que se presentara este prodigio, si no para colocarle, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano, el gallego y el castellano; así es que al punto mi compañero y yo pusimos una diligencia en busca para tener antecedentes de esta buena pieza, y hemos conseguido probar: que en Aranjuez vivía con el curita D. Celestino; otrosí, que todos los días iban ambos a casa de Godoy; otrosí, que el chico le escribía las cartas y las traía a Madrid los domingos al Embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba para entrar en cierta taberna a oír lo que se decía, y otras muchas bribonadas de que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención.
—¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa —dijo Restituta.
—Por supuesto, que lo del latín era pura farsa.
—Pues no hay que andarse con chiquitas —dijo mi amo—, sino entregarle a la justicia.
—Eso corre de mi cuenta —repuso Lobo—. Veremos qué responde a los cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa.
—¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! —vociferó D. Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días—. Sr. de Lobo, quítemelo, quítemelo usted de entre las manos, porque acabo con él. Estoy furioso. ¡Qué día, señor San Antonio de mi alma! ¡Qué día!
—Yo me encargaré del mocito —dijo Lobo—. Lo único que les pido es que me lo guarden hasta mañana.
—¿Hasta mañana?
—Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor —observó mi ama.