—¿No hay lugar seguro donde encerrarle?

—¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará como en un sepulcro —dijo Requejo—. Dificililla es la salida, y puedo irme tranquilo.

—¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche?

—¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir sino a Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado?...

—Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la sobrinita...

—Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y diciéndome que acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo todo.

—¿Y va usted?

—Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre. ¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo.

—En el Cielo no gustan de despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en la casa a este ladronzuelo?

—En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de Lobo disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la sepultura? Solo Dios puede sacarle.