Ahora caigo en que viene a ver a sus nietas: sí, Venancio, anda en busca de un querer que dé consuelo a su alma solitaria...
VENANCIO, cogiendo de la cesta una berenjena.
Puede ser... ¿Y qué tienes que decir de estas berenjenas?
GREGORIA
No son malas... Lo que digo es que al señor Conde le atrae el calorcillo de la familia.
VENANCIO
Pero ya verás: mi D. Rodrigo, buscando el agasajo, mete la mano en el nidal, y toca una cosa fría que resbala... ¡Ay! Es el culebrón de la madre, es la extranjera, la mala sombra de la familia, pues desde que el Conde D. Rafael casó con esa berganta, la casa empezó a hundirse... (Poniendo en el cesto la berenjena con que acciona.) En fin, que en tomates y berenjenas no hay quien nos tosa... pero no sabemos qué vientos echan para acá al señor Conde de Albrit.
GREGORIA
Él nos lo dirá. Y si se lo calla, no callarán sus hechos. (Dando por terminada su tarea, y pasando de la falda a un cesto las judías.) No te descuides, Gregoria; que venga por lo que venga, tienes que prepararle una buena mesa... Ya es un respiro que la extranjera no se nos meta en casa.
VENANCIO