Oye, Salvador. En cuanto se acabe la función, una vez que el pueblo desfogue su entusiasmo con un poco de pólvora y cuatro berridos, y suene en los aires la última simpleza del discurso que ha de pronunciar D. José Monedero, te vienes corriendito a casa, y tendrás el honor de comer con el señor Conde y conmigo.

EL MÉDICO

Bien, bien. ¡Qué honra tan grande!

EL CONDE, con alegría.

¡Qué feliz coyuntura para consultarle con toda calma...!

EL MÉDICO

¿Un padecimiento?

EL CONDE

No es eso. Tú conoces a mis nietecillas; las habrás asistido en alguna dolencia.

EL MÉDICO