EL ALCALDE
Y podrá decir que en ninguna parte del mundo ha visto usted labores tan primorosas como las que hacen las alumnas del colegio de Doña Severiana.
LA ALCALDESA
Bordan a maravilla... Ya lo ve usted... Y allí tiene usted a las chicuelas todo el santo día sobre los bastidores...
EL ALCALDE, mirando su reloj, descomunal pieza de oro.
Y a todas estas, Vicenta, son las tantas y no comemos. Mi señora Doña Lucrecia tiene apetito... las niñas están desfallecidas. ¿Verdad, Nelita y Dolita, que deseáis sentaros a la mesa?... y yo... ¿por qué no he de decirlo? estoy ladrando de hambre. Conque...
LUCRECIA
Me arreglaré en un momento.
LA ALCALDESA
Subamos a mi tocador. Mientras usted se arregla, dispondré que nos sirvan la comida.