LUCRECIA

No puede ser, mi querido D. José María, porque me voy mañana.

LA ALCALDESA, con asombro y cierta indignación, de que participa su esposo.

¿Cómo es eso? ¡Lucrecia, por Dios...!

EL ALCALDE, dando resoplidos.

¡Trómpolis! Eso no es lo tratado.

LA ALCALDESA

No, hija mía; no lo consentimos. Dijo usted que cuatro días.

EL ALCALDE

Me opongo. Saco la vara.